“Vamos a la otra orilla”. Entiendo que se trata de un itinerario interior, siguiendo el ejemplo de Jesús alcanzar la plenitud. Y ya hemos iniciado la travesía, estamos en camino, como aquel pueblo de Israel, un éxodo que nos lleva a la tierra de promisión; y aunque en el camino sufrimos la tentación de regresar a la seguridad que nos daba el “puerto”, en esa travesía no estamos solos pues el Señor viene con nosotros. Hay tormentas que en ocasiones amenazan con hundir la barca, pero la voz del Señor, su presencia, nos da la fortaleza para mantenernos firmes. Y cuanto más avanzamos mejor nos encontramos, pues quedan atrás viejas “ataduras” de las que nos hemos despojado y va surgiendo esa persona nueva, se restaura la imagen y semejanza que somos del Señor. Y a lo mejor a la otra orilla nunca llegamos, pues siempre estamos creciendo, siempre avanzando, abandonando ese hombre viejo que en verdad cuesta, pero lo grande es la ilusión de ver cómo la persona nueva va poco a poco haciendo acto de presencia, descubriendo nuevas gentes, nuevos paisajes. La travesía nos cambia, y en cada “puerto”, con cada persona o comunidad, damos testimonio de ese hacer del Señor, animando a otros a dejar los puertos seguros y lanzarse a la travesía, a reencontrarse con esa persona nueva que todos llevamos en el interior, con la original oferta de felicidad y sentido del Señor. Feliz día.
